Yo y una bolsa de hielo


Hace algo más de 5 años que comencé con los problemas de rodilla – justo ahora, mientras escribo estas líneas, dos bolsas de hielo se mantienen atadas a mis piernas usando cordones de zapatos, un sistema bastante eficiente, por cierto -, y quizás porque se cumple ahora un lustro del evento, he decidido comenzar a escribir sobre mi experiencia. Sea esta publicación al mismo tiempo una terapia y un testimonio útil para quién sufra de tan persistente mal.




Lo primero que me sorprendió del problema es el poco valor que la institución médica le ha dado, siendo algo que – sinceramente – me condiciona casi tanto la vida como ser manco. Las horas que debo guardar reposo son incontables, mermando así enormemente el tiempo disponible para desarrollarme profesionalmente, y creando un evidente perjuicio en mi economía que, a falta de cualquier tipo de ayuda, sólo podré solventar gracias a ingenio y a fuerza de voluntad.

A diferencia del manco – bendito él que camina sin achaques -, quien puede disfrutar de largos paseos y hermosas puestas de sol cuando le plazca, el aquejado de dolor de rodilla debe ser suficientemente capaz de crear otros placeres, a ser posibles desarrollables en el interior de una habitación. Lo primero que uno aprende es que la rodilla manda, si la rodilla tiene un buen día – lo cual depende de misterios arcanos indescifrables – se puede hacer una vida casi normal. Y digo casi normal... porque si nos pasamos con el casi, al día siguiente llegará la factura. Por el contrario, cuando la rodilla no quiere, lo mejor es dejar de pelear con el dolor, sentarse, aplicar hielo y armarse de paciencia. Nada, absolutamente nada detiene una crisis de inflación dolorosa una vez iniciada – es algo así como el reactor de Chernobyl, si ya ha pasado un punto crítico, asume las consecuencias -. Por fortuna – también se podría decir por desgracia -, lo más normal es estar en estados intermedios, es decir, que la rodilla duele todo el rato pero no mucho. Lo cual es perfecto para ganarse la enemistad del mundo que te rodea, el cuál te ve bien y de buen humor, pero percibe que siempre les estás dando larga para quedar, y no... no eso eso, es que la mayoría de planes de la gente normal para un afectado de condromalacia terminan con una bolsa de hielo y una semana de maratón de series.

Lo mejor es no complicarse la vida y hacerle saber a todo el mundo tus limitaciones, puede que algunos salgan corriendo y no los vuelvas a ver, pero al final la gente se acostumbra a verte sentado o – literal – verte cargar a veces con un banco portátil.

Actualmente el dolor de rodilla en sí no me preocupa, tengo fe en que desaparezca un día, pero si no lo hace sé que puedo vivir también feliz con un compañero que al menos me empuja a cuidar la dieta e ir al gimnasio de forma regular – porque no hacer eso sería la autodestrucción asegurada -. Lo peor sin duda es la incertidumbre laboral, y el miedo constante a tener bajos ingresos por problemas laborales derivados de la rodilla.

Y hasta aquí llega la primera entrada de “La Rodilla de Aquiles”.
Cuiden sus condrocitos y hasta la próxima.

Comments

  1. Palabras sinceras de una persona que vive con esta condición día a día.

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  2. Me siento muy representado en tus palabras, es increible lo que mencionas que los sistemas de salud no les importa, prefieren que uno llegue a artrosis y el que puede puede, si no tienes plata vives con el dolor. Un abrazo amigo yo decidi operarme tengo 36 años condropatia grado 4 ambas rodillas, prefiero vivir mis 10 años realizando deporte a pasar toda mi vida com miedo.

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